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'La guerra del planeta de los simios' - A la tercera, la consagración

Vía El Séptimo Arte por 10 de julio de 2017
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Una película en los tiempos del blockbuster, dónde las palabras pesan más que las balas y las motivaciones de los personajes prevalecen ante las necesidades comerciales de un universo paralelo. Eso es 'La guerra DEL planeta de los simios'; o según su algo más acertado título original, 'La guerra POR EL planeta de los simios'.

Cuestiones semánticas aparte, la tercera entrega de la nueva franquicia derivada de la obra original de Pierre Boulle confirma a esta como una de las más interesantes, sólidas y completas trilogías de cuantas ha dado el cine. A su vez, también como una de las más contundentes en su evolución película a película. Esta tercera entrega se erige por lo tanto, en IMPRESCINDIBLE para todo aquel que haya disfrutado hasta ahora de la historia de César.

Y además, remata el milagro de sobresalir, por derecho propio, y con total autonomía, por encima de aquella mítica estatua medio enterrada bajo la arena que nunca ha supuesto un problema, sino un reto (superado con creces).

O cuando las bondades industriales se ponen al servicio de la mayor de las obviedades posibles: Para que una película pueda ser una buena película, tiene que tener un propósito que, por lo general, se resume en contar una historia.

Y tanto al que se le ocurrió contratar a Matt Reeves como quién le ha dejado trabajar, se merecen un Óscar honorífico junto al de aquellos a los que se le ocurrió poner a Batman en manos de Christopher Nolan... y dejarle trabajar.

Si 'El amanecer del planeta de los simios' era la imagen "semi-perfecta" de lo que debería ser una secuela perfecta, 'La guerra del planeta de los simios' es la imagen "semi-perfecta" de lo que debería ser una tercera entrega. Esto es, en su conjunto la imagen "semi-perfecta" de lo que debería ser una trilogía en dónde cada título es capaz de funcionar con total autonomía (es decir, ser comprensible y suficientemente atractivo como trabajo independiente) y al mismo tiempo, ayuda a dar consistencia al conjunto (es decir, dotar de más valor a la franquicia).

O lo que mi compañero Reporter argumentó en 2014: Demostrar que las disoluciones son homogéneas a la subdivisión y heterogéneas al cambio de estado. Signifique lo que sea que esto signifique, en resumen, una misma historia narrada a lo largo de tres películas distintas.

Y si no concreto más, me perdonen es por la obsesión de no desvelar más de la cuenta. Más bien, de lo necesario. Esta tercera entrega viene a ser una evolución de las bondades de la segunda entrega, de por sí una evolución de las bondades de la primera. Un filme que funciona muy bien como película, como blockbuster, como secuela... y por qué no, también como emoción. La que es capaz de generar una película, que no un blockbuster, con acción y no de acción en donde prevalece la historia sobre el espectáculo, el drama sobre el efecto.

O más bien, dónde el espectáculo surge de la historia y el efecto es la consecuencia de un drama que sitúa, una vez más, a los humanos y a su miedo, a su ignorancia y a su orgullosa prepotencia como la mayor de las amenazas para nuestro futuro como especie.

Pero porque la vida nos ha hecho así, es uno de los mejores hallazgos de la función: No hay héroes ni villanos, hay motivaciones. Y las escenas de acción están tan contadas como para hacer acto de presencia sólo cuando son necesarias, que como quién dice, uno se pregunta si se trata de una película pensaba más para los Óscar que para los cines de verano.

Es más, la ingente cantidad de efectos especiales pasan en su mayor parte desapercibidos por un hecho que, de por sí sólo, sirve para ejemplarizar la maestría de esta producción: Uno se olvida por completo que se trata de CGI. E incluso se convence que es una producción "relativamente" barata. Y se sumerge sin reticencias en lo que propone sin importar que el protagonista, en un mundo de humanos, no sea humano. Esa es la clave, y lo único que merece la pena recalcar una y otra vez: Reeves y su equipo emplean todo los medios a su alcance para dar forma, durante algo más de dos horas, a un conflicto tanto bélico como emocional, y con alma propia, dónde todo resulta tan orgánico, tan natural como para ser tanto o más creíble que cualquier drama rodado cámara en mano en un suburbio de una gran ciudad.

Si no quiero concretar, también es porque es innecesario. Sí, la BSO de Michael Giacchino es cojonuda, los F/X la hostia, Harrelson siempre es un sí y los huesos de los simios, con Andy Serkis y Steve Zahn a la cabeza, de nuevo abren el debate sobre quién es el principal responsable de su soberbia caracterización. Pero es que no había duda, como tampoco la hay sobre que el Batman de Matt Reeves se posiciona como un título tan esperado como lo fue 'El caballero oscuro'.

No quiero concretar porque, una vez vista la segunda, no hace falta más que asegurar que esta tercera viene a ser lo mismo que aquella era respecto a la primera; esto es, lo que cabe esperar de la mejor versión posible de un Hollywood capaz de satisfacer las expectativas del espectador, y también, las de una campaña de promoción que no engaña al beneficiarse de una de las mayores obviedades posibles: Dejar que el talento que has contratado justifique el por qué lo has contratado.

Como diría Christopher Nolan, "una experiencia que sólo pueda vivirse (en su máxima expresión) en una sala de cine".


Por Juan Pairet Iglesias
@Wanchopex


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